Con el tiempo descubrimos nuestro mayor valor: la capacidad de trabajar unidos y de cuidarnos unos a otros como una familia elegida. Eso nos permitió superar momentos tan duros como la pandemia.

Hace más de 35 años, entre máquinas adaptadas y mucha creatividad, empezamos a dar vida a una fábrica distinta. El inicio fue humilde: comprar azúcar al fiado, improvisar soluciones y apostar por el ingenio más que por los recursos.

El orgullo que sentimos no viene solo de los productos que fabricamos, sino de la experiencia vivida. Cada obstáculo nos enseñó a ser persistentes, a innovar en colorimetría, una pasta que se adaptaba a todos los climas de la Argentina, desde el norte húmedo hasta la Patagonia seca. Esa versatilidad fue un salto enorme y una ayuda real para panaderos y reposteros de todo el país.